miércoles, 29 de julio de 2009

Los derechos contra le Ley


Incluso cuando mis deseos son transgresores, incluso cuando violan normas sociales, la transgresión se apoya en aquello que ella transgrede. Pablo lo sabía muy bien cuando en su famosa epístola a los romanos describe como la ley hace surgir el deseo de violarla. Como la estructura moral de nuestras sociedades todavía gira en torno a los Diez Mandamientos —la ley a la que se refería Pablo— la experiencia de nuestra permisiva sociedad liberal confirma la observación de Pablo: diariamente queda demostrado que nuestros queridos derechos humanos, en el fondo, son simplemente derechos de romper con los Diez Mandamientos. El "derecho a la privacidad"; el derecho al adulterio, cometido en secreto cuando nadie me ve o porque nadie tiene el derecho de meterse en mi vida. El "derecho de buscar la felicidad y de tener bienes privados"; el derecho a robar (o explotar a otros). La "libertad de prensa y de opinión" —el derecho de mentir—. El "derecho de todo ciudadano libre de tener un arma" —el derecho de matar—. Y, finalmente, la libertad de creencia religiosa" —el derecho a adorar falsos dioses—.


Slavoj Zizek. Cómo leer a Lacan, pág.51. Editorial Paidós. 2008

lunes, 27 de julio de 2009

El trabajo en el corazón de las tinieblas


No me gusta trabajar —a ningún hombre le gusta—, pero sí me gusta lo que hay en el trabajo: la posibilidad de hallarte a ti mismo. Es tu propia realidad, la que se te revela a ti y no a los demás, la que ningún otro hombre conocerá jamás. Los demás tan sólo pueden apreciar la mera apariencia y nunca sabrán lo que significa.

Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas, pág. 55. Ediciones Península. Año 2002.


En medio de un continente salvaje que empieza a ser infernal a causa de la civilización, novela Conrad la intrusión del dispositivo comercial e industrial del colonialismo europeo en África. Los paisajes son sombríos y asfixiantes. Los personajes que aparecen constituyen, con su fea precariedad, una queja dirigida a los civilizados europeos que creen ser la referencia necesaria de todo humanismo.

En ese mundo y sobre un barco de vapor destartalado, retorcido y deshecho, al cual está reparando Marlow, el autor trae esta reflexión como si llegara allí por correo, por los retorcidos y andrajosos caminos del colonialismo. Ese correo que acompañaba a la destrucción y la rapiña desatada sobre las selvas y las orillas del continente salvaje.

Ahí tenéis, junto al vapor destartalado, expuesta la esencia del trabajador, su realidad. No importa que el europeo haya llegado allí, al continente africano, impulsado por el deseo de rapiña o de aventura. No importa que aquel vapor haya de conducirnos al corazón del horror. No importa que los pies de Marlow se empapen de sangre en la cabina de aquel amasijo destartalado de latas y que, poco después, unos caníbales suspiren por la carne del negro que derramó aquella sangre, mientras que los europeos reclaman unas dignas exequias. Ahí, entre el canibalismo y la hipocresía.
Nada importa. Desenmascarado el devenir de toda jovialidad filosófica, se convierte en una aventura siniestra hacia el corazón donde se nos revela el rictus del horror; pero no importa, he aquí al logos occidental, sin jovialidad ni tinieblas. Tenéis aquí sencillamente al trabajo en tanto que revela la realidad del trabajador, mientras que mantiene alejados de la suya al amo y al consumidor. Tenéis aquí al trabajo en tanto que aleja del trabajador el producto de su trabajo y lo allega al amo y al consumidor. Tenéis aquí la revelación de la esencia de uno y la negación de la del otro. Tenéis aquí la expropiación de uno y el goce del otro. Todo definido en la relación de uno al otro.
Bien, la pregunta que se suscita es: ¿Cómo ubicar este benefactor discurso logocéntrico sobre el trabajo y la esencia del trabajador en una obra que gira en torno al horror? ¿Había leído Conrad a Hegel? Por qué no admitir que, al igual que el sueño de la razón engendra monstruos, el trabajo y su poder de revelación engendra otra clase de monstruos. No está el corazón de las tinieblas cargado de esos monstruos: Hagamos un breve inventario:
Tráfico de marfil, forma de rapiña ejercida contra la natruraleza y contra el orden social (robo de un cargamento, la atribución del carácter fósil a algunas piezas, Kurtz que intenta trabajar y enriquecerse al margen de la compañía,...)
Bloqueo del flujo de mercancias: no llegan los remaches necesarios para culminar la reparación del vapor y, sin embargo, hay un flujo cierto de abalorios y telas chillonas, más propios de África que de la Europa industrial.
El trabajo, convertido en predación y rapiña, convierte a los indígenas en extraños siervos de Kurtz que, a su vez, está poseído por una especie de religión ritual indescriptible para la mentalidad occidental y que, sin embargo, parece haber sido acuñada por Kurtz para un uso propio y no social.
No es necesario reseñar especialmente la crueldad del trabajo de los negros: los desahuciados de la arboleda, los cadáveres de negros asesinados por blancos que se encuentran en la selva. Toda una teratología que se opone al carácter puramente abstracto del trabajo industrial que, no por eso, ha dejado de comportar también crueldad. Mas, crueldad de facto, no de iure.
En fin, ¿no son todos estos los monstruos engendrados por el sueño del trabajo como dador de la esencia del trabajador?

martes, 7 de julio de 2009

Quid optes explorare labor (est)







Aeolus haec contra: "Tuus, o regina, quid optes
explorare labor; mihi iussa capessere fas est..."

Virgilio. Eneida, libro I, 76 y 77.


La traducción de Eugenio de Ochoa es:
Eolo le respondió: "A ti corresponde, oh Reina, ver lo que deseas; a mí tan solo obedecer tus mandantos..."


La traducción de Victor José Herrero:
Eolo, a su vez, respondió: "A ti corresponde, ¡oh reina!, saber lo que deseas, mi deber es cumplir tus órdenes..."


Mientras que Rafael Fontán Barreiro traduce así:
A lo que Eolo repuso: "Cosa tuya, oh reina, saber lo que deseas; a mí aceptar tus órdenes me corresponde..."





Estos versos se encuentran al principio de la Eneida. Narran cómo los desdichados supervivientes de la destrucción de Troya navegan expuestos a la ira de Juno. Se puede decir, por tanto, que la obra empieza con la cólera de ésta, tal como la Ilíada comieza, literalmente, con la de Aquiles.


El episodio es hermoso: Eolo, un dios subordinado, que tiene el poder de facilitar los medios a Juno para culminar sus propósitos para con los teucros, encomienda, sin embargo, a la reina de los dioses, un trabajo algo fatigoso: averiguar qué desea ella misma.


Deseo. Los traductores son responsables de que el significado de los versos se amplifique en la imaginación del lector. No cabe duda: para nosotros deseo no es término sencillo. No lo es ni en cuanto a lo que se desea, su objeto; ni tampoco lo es respecto a su constitución esencial, lo que es el deseo.


"¿Che vuoi?", pregunta el diablo —bajo una horrible apariencia— al osado que lo invocó en la novela de Cazote "El diablo enamorado". Una pregunta que huele a azufre. "¿Che vuoi?". Nosotros somos compelidos a preguntarnos sobre lo que deseamos. Pero, es también la cuestión del sujeto que desea. El sujeto del deseo no es ya el sujeto empírico o trascendental de Kant. No es el sujeto llamado a organizar, desde sí, el conocimiento, pues no se trata del conocimiento sino de la fantasía. No se trata de las condiciones de posibilidad del conocimiento objetivo sino de la escena en que el sujeto aparece como deseante. Escena y sujeto que se arrastran mutuamente. No es el ojo que organiza la perspectiva, sino el ojo que está en el cuadro como mirada depositada en perspectiva. Es el sujeto que no puede organizar la escena porque ha caído en ella. Es el sujeto del fantasma.


¿Y cree el lector que contempla Virgilio esta configuración? Es lo que hacen los traductores cuando obligan a Eolo a decir que la misión de la esposa de Zeus es definir su deseo. Aplicaríase bien a ellos lo que dice Aristóteles:


"En realidad, los que escriben discursos obtienen el éxito más por su dicción que por su pensamiento. Naturalmente, los primeros en apasionarse por esto fueron los poetas, puesto que los nombres son imitaciones y la voz es la más mimética de nuestras facultades. (...) Dado que los poetas, aun diciendo futilidades, parecían conseguir la fama, por ello surgió primero la dicción poética, como la de Gorgias. etc." [Retórica, III, 1404 a 14-36].


Creeran los traductores que la mera evocación de vocablos con sentido para los lectores, aunque la traducción que generen resulte fútil es garantía de algo. Lo único que está garantizado es un Virgilio revelando futilidades.


Veamos qué configura el deseo de Juno. Crecen en su corazón viejos rencores: el desprecio de Paris por su belleza, que el troyano Ganímedes sea festejado en el Olimpo por bello, tras haber atraído su hermosura al mismo Júpiter. También el futuro, que verá a los descendientes de Eneas destruir su amada Cartago (por cierto, tal destrucción se consumó varias décadas antes de ser escrita la Eneida). Por último el agravio que supone para ella que Atenea destruyera las naves de los griegos a causa de la ira de Ayax y, sin embargo, ella, hermana y esposa de Zeus, no ve coronada la obra de su cólera hacia los dárdanos. Entonces ¿qué le falta por definir de su deseo? Nada, su deseo está completamente definido



inconcluso