lunes, 28 de diciembre de 2009

2. El hombre que habita la Luna y el hombre deshabitado


Nada de Querella quedaba ya en su propio cuerpo. Estaba vacío. Ante Vic ya no había nadie: el criminal acababa de llegar a su perfecta culminación por la aparición en el seno de la noche de unos cuantos árboles agrupados en forma de una cámara, o mejor de una capilla, por cuyo centro transcurría el sendero. [Jean Genet: Querella de Brest, pág. 80. Traducción de Felícitas Sánchez Mediero. Ed. Debate, 1979]

[...] Querella no era ya sino un leve aliento suspendido de sus propios labios y con libertad para separarse del cuerpo y colgarse de la rama más cercana y más espinosa. [...] Era libre de abandonar su cuerpo, soporte audaz de sus cojones. [op. cit. pág. 81]

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El asesino se irguió. Era un objeto de un mundo en el que no existe el peligro, pues uno mismo es un objeto. Bello objeto inmóvil y sombrío en cuyas cavidades Querella escuchó al vacío sonoro desencadenarse zumbando, escaparse de él, rodearle y protegerle. [...] El delicado aliento al que Querella se había reducido continuaba suspendido de la rama espinosa de una acacia. Ansioso, esperaba. El asesino resopló dos veces muy deprisa, como hacen los boxeadores, movió los labios en los que Querella vino suavemente a posarse, a introducirse por la boca , a subirse a los ojos, a bajarse a los dedos, a colmar el objeto. [op. cit. págs. 83 y 84]


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miércoles, 23 de diciembre de 2009

1. El hombre que habita la Luna y el hombre deshabitado



[Porque] incluso las fantasías modernas más deshumanizadas se basan en símbolos más viejos y más sencillos; las aventuras pueden ser locas pero el aventurero tiene que ser cuerdo. El dragón sin San Jorge no sería ni siquiera grotesco. Así, este paisaje inhumano era sólo fantástico debido a la presencia de un hombre realmente humano. Para la mente exagerada de Syme, las casas y terrazas brillantes y desiertas junto al Támesis parecían tan vacías como las montañas de la luna. Pero incluso la luna sólo resulta poética porque hay un hombre en ella. (Chesterton. El hombre que fue Jueves, pág. 52. Traducción Alicia Bleiberg. Ed. Alianza).
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Syme acaba de adquirir una nueva identidad simbólica. Entró en un antro de anarquistas siendo un detective de Scontland Yard y sale elegido como el representante "Jueves" en el Consejo General de los Anarquistas de Europa sin haber abandonado su condición inicial de detective. A pesar de ser un impostor, Syme desplazó con un discurso radical a Gregory que es el único anarquista auténtico de la novela. A pesar de su diferencia fundamental —uno es caracterizado por Chesterton como un poeta de la anarquía, el otro como un poeta del orden—, hay entre ambos una base para el intercambio de identidades. Syme es una "de esas personas a las que la vida había empujado tempranamente a una actitud excesivamente conservadora debido a la sorprendente locura de la mayor parte de los revolucionarios" (op. cit. pág. 42). Sin embargo, no ha nacido así. Él es un poeta. Por su parte, Gregory, es un anarquista "serio" y por ende pertenece a una red ferreamente organizada y jerarquizada (que no es más que una farsa, ya que todos sus miembros, salvo uno, son también agentes de Scotland Yard). Sin embargo, se presenta a sí mismo como un poeta de la anarquía. De modo que Syme es, hasta cierto punto, una figura intercambiable con Gregory. Éste esperaba salir del antro siendo "Jueves" y, sin embargo, fue Syme quien alcanzaría el título. Además, esta especie de hechizo se ha hecho factible gracias al pacto de honor que se estableció entre ambos y que, moralmente, los iguala.
En esas circunstancias, transfigurado por el entusiasmo aventurero, el paisaje sufre una mutación ante los ojos de Syme que lo contempla como si perteneciera a un planeta nuevo (op. cit. pág. 51). Es la luna llena la que da pábulo a esta impresión tan fantástica. Syme cree estar "en otro planeta, más vacío, que giraba en torno a una estrella más apagada" (op. cit. pág. 52). Y, mientras más desolación percibe en ese nuevo planeta, más vacío, más crece la relevancia de su propia locura de aventurero. O mejor, mientras más relevante es su aventura, mas desolada le parece la tierra. Ahora los instrumentos insignificantes que caen inesperadamente en sus manos se les aparecen como símbolos caballerescos... "Porque incluso las fantasías modernas más deshumanizadas se basan en símbolos más viejos y más sencillos..."
En resumen: rutilante aparición del héroe en medio de un paisaje que está desolado y apagado. Son los dos polos. Vacío espectral del paisaje frente al resplandor del hombre; vacío iluminado por el hombre realmene humano, el cual no puede desprenderse de contextos simbólicos que pertenecen a la tradición y en eso encuentra un asidero ante la locura de su aventura. ¿Por qué esa aventura moderna, loca y deshumanizada, que consiste en infiltrarse en un grupo de anarquistas encuentra asideros en contextos atestiguados por la tradición?
Traigo este pasaje, este fragmento, para compararlo con un pasaje de Jean Genet. Planteo así la posibilidad de que ambos textos se refieran a lo "mismo". Posibilidad tal vez ilusoria; pero, en fin, veámoslo.