
Nada de Querella quedaba ya en su propio cuerpo. Estaba vacío. Ante Vic ya no había nadie: el criminal acababa de llegar a su perfecta culminación por la aparición en el seno de la noche de unos cuantos árboles agrupados en forma de una cámara, o mejor de una capilla, por cuyo centro transcurría el sendero. [Jean Genet: Querella de Brest, pág. 80. Traducción de Felícitas Sánchez Mediero. Ed. Debate, 1979]
[...] Querella no era ya sino un leve aliento suspendido de sus propios labios y con libertad para separarse del cuerpo y colgarse de la rama más cercana y más espinosa. [...] Era libre de abandonar su cuerpo, soporte audaz de sus cojones. [op. cit. pág. 81]
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El asesino se irguió. Era un objeto de un mundo en el que no existe el peligro, pues uno mismo es un objeto. Bello objeto inmóvil y sombrío en cuyas cavidades Querella escuchó al vacío sonoro desencadenarse zumbando, escaparse de él, rodearle y protegerle. [...] El delicado aliento al que Querella se había reducido continuaba suspendido de la rama espinosa de una acacia. Ansioso, esperaba. El asesino resopló dos veces muy deprisa, como hacen los boxeadores, movió los labios en los que Querella vino suavemente a posarse, a introducirse por la boca , a subirse a los ojos, a bajarse a los dedos, a colmar el objeto. [op. cit. págs. 83 y 84]
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