
Mientras para un niño no resulta especialmente difícil identificar cientos de "especies" de Pokemon, todavía es raro que sepa distinguir una decena de aves.
Alejandro Sánchez. Director Ejecutivo de SEO/BirdLife. La Garcilla, nº 138 (2009)
A modo de introducción
Sea un joven lector que por primera vez lee a Platón. Su lectura puede que no sea inocente, pero, al menos, será ingenua. Seguramente leerá algunos de esos diálogos que son también grandes obras literarias (el Fedón, el Banquete,...). Seguramente necesitará tener pronto un informe, un resultado capitalizable. ¿Cuál será éste? ¿Podremos concebirlo desde nuestra imaginación que, a fin de cuentas, será la de aquellos que fueron —o siguen siendo— lectores ingenuos de Platón
Cualquiera que sea ese joven lector, no habrá aún aprendido a adaptar su mirada a las necesidades del ejercicio teórico. Ni siquiera estará iniciado en tal ejercicio ni dispondrá de los conceptos filosóficos que lo posibilitan, sino que, más bien, discurrirá sobre un continuo literario (o meramente literario) y, de tiempo en tiempo, aislará un cierto agregado si éste demuestra ser útil como concepto en el mismo acto de lectura.
Supongamos, además, que nuestro bisoño lector no acude al texto platónico con la intención de corroborar una interpretación precocinada, divulgativa o profesoral.
Dado todo lo anterior, si este lector ficticio puede obtener alguna interpretación de los textos, podremos suponer que operaban en él preconceptos, meced a los cuales podía adquirir una comprensión prefilosófica en su lectura de Platón.
Hemos imaginado la posición de un lector ingenuo. Ahora, al escribir, no puedo dejar de identificarme con él. Admita, pues, el lector, que las enseñanzas recibidas por mí de aquella lectura sean achacables a cualquier otro lector que cumpliera los requisitos citados más arriba.
Para el joven lector las enseñanzas se podrían resumir así: Platón no hacía más que describir las opiniones, más o menos sistematizadas —según las posibilidades de las ciencias de su época— como doctrinas y concepciones que podrían caracterizar, en general, al intelecto del hombre occidental que, como tal hombre, habría permanecido invariable y permanente desde el tiempo de Sócrates hasta el presente y constituiría el paradigma de toda humanidad posible.
Al hablar en general del intelecto del hombre occidental creemos hablar del sacerdote y el juez, el médico y el artista, el campesino y el obrero de la ciudad. Permítaseme, pues, hablar de una ficción como el intelecto promediado del hombre occidental.
En toda esta débil caracterización hay que hacer notar que, en la expresión nominal "el intelecto promediado del hombre occidental", la preposición de ha de entenderse tanto en sentido objetivo como subjetivo, ya que designa tanto a las concepciones sobre el discurso teórico que el hombre occidental sostiene, como a aquellas concepciones que le tienen a él como objeto.
En todo esto va marcando el tenor el hecho de que la existencia histórica del hombre occidental es sobreentendida de una manera atemporal. Frente a todo devenir, el hombre es hombre y su historicidad no modifica su esencia, más bien esta historicidad es, respecto al hombre mismo, un movimiento del hombre invariable sobre el plano del tiempo. La historicidad se refiere al movimiento de lo que no cambia.
Hasta aquí el expediente de un lector filosóficamente ignorante e inadvertido, pero, que tiene en común con el resto de los mortales el poder leer un texto filosófico sin pertenecer a la estirpe de los filósofos.
A este lector se le podría advertir que si abandonase la posición sobre la existencia histórica del hombre que acaba de esbozarse, podría abrirse a otra en que no se preservara la permanencia del hombre como tal ni de las categorías que rigen su discurso.
Quedarían ambos, así, lanzados al curso del devenir, cualquiera que sea el significado de esto último. Entonces el logos del intelecto promediado del hombre occidental, en cuanto que él es lo que ha devenido a lo largo de su historia, podría constiuir, no una especie de naturaleza del hombre, sino la recensión asistemática, afilosófica y sometida a toda clase de malinterpretaciones que el intelecto promediado del hombre occidental hace del pensamineto de los miembros de la selecta estirpe de los filósofos.
De acuerdo con esta última perspectiva, ahora, la interpretación del ignaro lector habría de ser ésta: el pensamiento de Platón aparece como una mera descripción, parcialmente elevada a la sistematicidad (de acuerdo con las posibilidades científicas de su época), del promediado intelecto del hombre occidental, porque éste consiste parcialmente en la antedicha recensión y, en ella, el ascendente platónico tiene el peso de algo originario y determinante de la tradición que, además, ha sido asegurado por su temprana incorporación a la religión cristiana.
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Un texto que se comprende, o no.
Leamos ahora el texto que encabeza este artículo. Como si hubiera surgido de un fondo de convicciones bien fundadas, donde hubiera reposado desde siempre y desde el que emerge para reclamar sus derechos, apelando a algo que el lector podrá verificar en sí mismo y que le incumbe como la instancia de un imperativo hipotético, pero teórico, si así puedo decirlo. Un imperativo dirigido a la voluntad de saber, mas, como imperativo hipotético, incapaz de determinar a ésta de manera absoluta por su propia legalidad. Y es que, una vez leído el texto, todo lector siente que no es neutro, porque, además de describir un estado de cosas, señala la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Podéis imaginar a un lector que no reconozca que hay allí una valoración , sí. Podéis imaginar a un lector que falle a favor de la incorrección creyendo que es más rica y plural que la corrección, pero los juicios de ambos se sabrán inmediatamente extraviados y marginales, de tal forma que tendrán que defender su opinión como si no formara parte del fondo de convicciones bien fundadas que mencionamos antes. Sea cual sea la posición particular que adopte cada uno, resultará patente para todos que lo que separa a la corrección de la incorrección es lo mismo que separa a una particular formación de la ausencia de esa particular formación.
Pero, leamos el artículo completo y, primeramente, su título. Éste propala: "Educación por las aves". Señala así una orientación: el conocimiento taxonómico de las aves se orienta a un fin. Servirá como medio para fines que estarán delimitados por una cierta idea de educación.
El autor comienza por explicar brevemente qué son los Pokemon, para, inmediatamente, alarmarse por las sucesivas "generaciones" y "evoluciones" que han aumentado el número de "especies" de estos seres. Resume esta parte de su presentación diciendo que hay tantos Pokemon como especies de aves suele incluir una guía europea de estos animales.
A continuación se asombra el autor de que los chicos sean capaces de identificar cientos de especies de estos personajes y, sin embargo, no distingan ni una decena de aves vulgares.
Después, Alejandro Sánchez, realiza unas inferencias muy sencillas: este menguado conocimiento de las especies ha de ser debido al escaso contacto de los chicos con la naturaleza que, a su vez, puede derivar "en una más peligrosa falta de interés por el destino de la biosfera". Para evitar lo cual, la institución que dirige organiza buena parte de sus actividades. Éstas se basan en el poder que, como herramienta pedagógica, tiene el conocimiento de las aves y van orientadas a la "construcción de la conciencia medio ambiental del individuo". Es decir, gracias al conocimiento de las aves, los individuos apreciarán lo natural y tras esta valoración de lo natural ha de surgir el interés por su cuidado y conservación.
El artículo termina con una reflexión preventiva: dada la importancia de las técnicas virtuales en la didáctica actual, es necesario evitar el abuso de ellas para seguir manteniendo vivo el interés por el contacto directo con la naturaleza, porque:
"Después de todo nuestras aves son de carne y hueso, y no se conforman con un espacio virtual como los Pokémon. Necesitan lugares reales en los que vivir, alimentarse y reproducir.
Todo el artículo se encuentra dentro del espíritu de la ciencia. Pero hay algo que se opone a reducirse a él. En realidad se trata de tres enunciados:
A. Uno tiene carácter ontológico y reclama para las aves un carácter óntico diferente al de los Pokemon.
B. El segundo enunciado, muestra el asombro ante la facilidad de los chicos para memorizar las "especies" de Pokemon y su incapacidad para hacerlo con las aves. Se trata de la denuncia de la falta de formación.
C. El tercero muestra un ideal, el objetivo de la formación que se pretende lograr, en tanto ésta debe consistir en la construcción de la conciencia medio-ambiental del individuo.
Este tercer aspecto es claramente un ideal de formación o paideia. ¿Qué es lo que reclama esta paideia? Sin duda alguna se trata de una orientación de la existencia humana, tomada en totalidad. Esta orientación no afecta o no se atiene única y exclusivamente al ámbito del conocimiento. No, se trata de la orientación de la existencia humana hacia lo natural entendido en su totalidad planetaria. La dirección de tal orientación determina un modo de aprehensión correcta de lo verdadero que se pone de manifiesto en lo natural en su totalidad.
En cuanto al enunciado B, lo que suscita es, como ya hemos comentado, la cuestión de una formación o de la ausencia de ésta. De ahí, que no estemos tratando sólo de una cuestión psicológica. En efecto, todo lector reconoce que el estado de las facultades de los chicos, en cuanto conocedores de especies de Pokemon o de especies de aves, es óptimo. No se trata de hacer algún tipo de estudio psicométrico sobre las facultades puestas en acción en ambos casos. No, se trata de algo que va más al fondo de esas convicciones bien fundadas. Se observa inmediatamente que la falta de formación no es una regresión a un estado caótico de nuestras facultades o a un estado caótico de los objetos de la intuición.
El enunciado A define las diferencias en la forma de la manifestación de unos y otros seres, su generación y su relación con la permanencia de lo natural en total.
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La entrada en la caverna
Hemos visto que el enunciado B se centra en denunciar la diferencia entre la formación y la ausencia de ella. Pero la falta de formación no aparece retratada como un estado caótico de nuestras facultades. Por el contrario, la falta de formación aparece caracterizada como un exceso por parte de nuestro espíritu. Un exceso en la percepción, en cuanto que aprehende diferencias y carácteres que resultan superfluos (cualitativamente hablando) con vistas a un ideal de formación (enunciado C). Sin embargo, ya hemos comentado que lo que marca la diferencia no es el estado de nuestras facultades. No, la diferencia viene marcada por la forma de ser manifiesto de lo que se manifiesta en uno y otro caso (enunciado A) y por la actitud del hombre respecto a lo manifiesto en cada caso. O, más exactamente, al esfuerzo de adaptación que ha de hacerse para pasar de una a otra forma de aprehensión, siguiendo la orientación requerida por la formación necesaria.
Bien, pues esta diferencia entre la formación y la falta de ella es justamente lo que se encuentra en un muy venerable texto: el inicio del libro VII de la República.
"Y a continuación —seguí— compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la formación (paideia) o a la falta de ella (apaideusias), se halla nuestra naturaleza."Son las palabras con que se introduce el mito de la caverna.
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En la caverna
Imagina la vida diaria de nuestros estudiantes de primaria y secundaria. Si pruebas a buscar quién sea su maestro, su educador por excelencia, hallarás que no es otro que la televisión. A ella permancen atados. En efecto, se ven compelidos a tenerla como educadora desde la más tierna infancia, por cuanto las condiciones materiales de existencia de sus padres, más la universalización de los medios audio-visuales de comunicación, hacen que sean abandonados frente al televisor, al igual que en los mitos y cuentos eran abandonados los niños en selvas o flotando sobre la corriente de algún río, a la espera de que alguno, sea hombre o animal, se encargase de su cuidado y educación.
Así es como debutan en un mundo virtual. Mundo que consiste en proyecciones sobre un plano de toda clases de objetos producidos por la técnica humana y dónde estas mismas proyecciones son también fruto de la misma técnica, habiendo evolucionado a partir de la proyección cinematográfica.
¿Pero, estas proyecciones planas, dónde arraigan en lo común a todos los hombres? ¿De dónde obtienen su fuerza? ¿O por el contrario carecen de ella por no poder arraigarse en algo que sea esencial a los hombres?
Al igual que el dominio del hombre sobre sí mismo se realiza por el autorreconocimiento en su imagen especular; así, también, ingresa en este mundo virtual que se encuentra tras las superficies de los espejos junto a todas las imágenes de las cosas circundantes. Sí, el éxito de las imágenes proyectadas y las proyecciones de sombras sólo se explica por este arraigo en lo especular. Recuérdese que el espejo plano produce una imagen virtual de un objeto, por cuanto ésta se encuentra no allí donde concurren los rayos luminosos, sino allí donde concurren en el espacio virtual —o sea tras el espejo— las prolongaciones de los rayos de luz reflejada. Y recuérdese, asimismo, que la capacidad de realizar esas prolongaciones de los rayos es una función subjetiva, lo que no quiere decir que no pueda ser ejecutada por una cámara fotográfica.
¿Y qué hay de estas proyecciones si no son meramente visuales? Sí, si por medio de determinadas técnicas se les puede superponer el sonido y hacer parecer así que se cierran sobre sí mismas consistiendo en sí mismas. ¿No parecerían poseer la forma de ser, la consistencia y la autonomía de los mismos espectadores?
De modo que los objetos proyectados, en sí mismos, no son propiamente visibles. Mas, si tienen imagen especular son virtualmente visibles, al margen y, en cierto modo, en confusión con sus proyecciones. Por ello, los Pokemon y otros seres que no son de ningún modo especulares, tienen su existencia como puras proyecciones de objetos que, en sí mismos, son auténticamente invisibles. Constituyen, así, una especie de aristocracia de la existencia virtual.
¿Qué ocurrirá si esos mismos niños que se educan ante el televisor fueran obligados a captar los objetos que originan las proyecciones, en sí mismos? ¿No necesitarían un esfuerzo para adaptar la mirada a ese rango de "visibilidad"? ¿No sería el rango de visibilidad de los objetos que pertenecen a la aristocracia que hemos descrito antes, un rango muy extraño de visibilidad para ellos? Téngase en cuenta que los Pokemos han sido obtenido fundiendo imágenes de seres puramente imaginarios que pertenecen a una determinada tradición cultural, con imagenes de animales.
inconcluso